096 – Hong Kong. Welcome to the city of light (I)

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Me resulta tremendamente difícil explicar como viví Hong Kong. Para mí, un habitante de los 2000 que pueblan mi villa natal, eso suponía la antítesis de lo conocido. No me malinterpretéis, no tengo miedo a las grandes urbes, e incluso me siento cómodo moviéndome por ellas, pero Hong Kong me pareció simplemente apabullante.

Las primeras impresiones vinieron por parte de Kowloon, porque no todo Hong Kong se reduce a la isla homónima. Una zona quizá más masificada (al menos la zona más al sur) donde se acumulan infinitos negocios, hoteles, tiendas… y todo en formato vertical. Esa verticalidad que hasta ahora desconocía, tiendas en la 3ª planta, restaurantes en la 5ª. Rascacielos enfrentados, separados tan solo por una pequeña carretera donde todos los automóviles luchan también por su espacio.

Por la noche todo son neones. Bien la tienda “chic”, de equipos  electrónicos o tartaletas de llema (exquisito postre heredado de los portugueses y que aún me hace la boca agua) tiene su letrero, cegador. Mira, una tienda de Rolex! Y al lado un puesto callejero… Y apoyado en la pared la persona que te ofrece “otro” Rolex a 20€ (Trolex, cadenas de oro…) Eso es Hong Kong, un batido multifruta.

Edificios completamente dispares que crean ese batido, como por ejemplo las Chungking Mansions en el que nos alojamos. Un edificio peculiar por fuera y la torre de babel por dentro. Comparte acera con Hoteles como el Sheraton o el Holiday Inn, pero en estos la primera sensación no es: “¿En serio nos vamos a alojar aquí…?”. Tras esa primera impresión no hubo ningún problema, su interior incluso está vigilado…

Siempre creí que tenía  buen sentido de la orientación, pero entonces llegó Kowloon. Salía del metro e incluso plano en mano y mis sentidos daban un vuelco. Doblaba la esquina y mi brújula interna giraba. Me resultó difícil orientarme, pero con suerte siempre se llega a Nathan Road, la arteria principal que la atraviesa de Norte a Sur. De aquí todo era más sencillo, incluso hay una línea de metro que la recorre, aunque ¿Qué mejor callejear y perderse (literalmente) por la cultura Hong Kongesa?

Pasamos por los diferentes y variopintos mercados de Kowloon, localizados normalmente en “calles temáticas”. El mercado de los pájaros, donde los habitantes sacan a pasear a sus aves cual perrito y los juntan para que se enseñen a cantar. El mercado de las flores, colores y formas nunca vistas por esto ojos y olores penetrantes desde varios metros. Y el mercado de los peces, con las peceras más grandes y más trabajadas que he visto nunca (¡Daban ganas de comprarse un pez!) y todas las especies que quisieras preparadas en bolsitas para llevártelas al instante (¡El self service de los peces!). Una buena metáfora de las conocidas colmenas humanas de esta megalópolis.

Nada mejor para terminar la visita como ir a la avenida de las estrellas, punto más austral de Kowloon, donde el suelo se encuentra plagado de estrellas en homenaje a los actores del cine Hong Konges, Bruce Lee, Jackie Chan y Jet Li entre otros, y que tantos títulos de culto ha dado.

Aunque sin duda, por la noche todo queda eclipsado por el inmejorable skyline de Hong Kong, una traca final de día como Dios manda. Nos comentaron que el de Shangai era de los mejores, pero seguro que los que lo mencionaron no han visitado Hong Kong. Luces y  más luces, colores, sonido del mar, edificios más y más altos. Y cada noche el “Symphony of Lighs”. Durante 14 minutos y a ritmo de la música, los edificios de Hong Kong hacen bailar sus luces. Un espectáculo único en el mundo, que aunque me pareciera algo “horterilla” aconsejaría verlo. Aviso que si vas un poco tarde es muy difícil encontrar sitio en primera fila, indicio de la cantidad de gente que puede juntarse para verlo.

 

 

Más información y mejores fotos aquí.

Destino para el próximo día: “La isla”.

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