048 – La Ciudad prohibida (y II)

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Lo había leído, pero no sabía hasta que punto sería cierto: “La Ciudad Prohibida es mucho más de lo que imaginas”. Si alguien lee esto y va a visitarla alguna vez que lo grabe en su mente.

Con una superficie de 720.000m2, alberga entre sus murallas de 11metros de altura y tras su foso, más de 70 edificios palaciegos, por lo que si tras recorrer el eje principal y traspasar los 3 grandes patios uno cree que ya ha visto la mayoría, está muy lejos de la realidad.

Otra de las principales atracciones que hay que ver en su interior es el jardín imperial (Yu Hua Yuan para los entendidos). Un jardín de 12.000m2 que en su día serviría para esparcimiento de emperadores y que hoy en día es el lugar más agradecido por los visitantes que tienen que soportar el castigador sol de los días de verano, “usease”, nosotros. Realmente se agradecía la sombra de los árboles de dicho jardín y tras un pequeño tentempié en una de las tiendas de los alrededores, otra vez sientes fuerzas de continuar con la visita.

En el jardín, situado en la parte más al norte de la Ciudad Prohibida (junto a la puerta del poder divino), puedes encontrar la mayoría de elementos de los jardines chinos como son los pequeños templos, montañas de rocas, vegetación diversa y multitud de esculturas, sin olvidar las tiendas de suvenirs que tienen aquí su centro neurálgico. Jalo!!! ¿Un sombrero de emperador? ¿Un abanico? ¿Unas postales de la muralla China? No, gracias, para algo me he traído la cámara. Aunque es cierto que tampoco insisten mucho, ya que con un puesto en un lugar como ese muchos serán los inocentes guiris que caigan en sus más que inflados precios…

Tras el breve descanso que supusieron parar nosotros estos jardines, aún nos quedaban las alas este y oeste de toda la ciudad. Entre ellas es quizá el ala oeste la que menos tiene para ver, pero recomiendo perderse por sus callejuelas un rato, ya que descubriréis multitud de pequeños patios interiores a través de una maraña de pasillos y puertas y sobre todo porque será uno de los únicos lugares donde se puede huir de la masificada afluencia de turistas.

El lado oeste nos deparaba bastantes sorpresas, para empezar una de las que nos encontramos fue la pequeña ciudad prohibida dentro de la propia Ciudad Prohibida. Una construcción a imagen de la real, pero en menor escala, realizada por el emperador QianLong para pasar sus años de retiro tras el mandato y sucesión de su hijo. Para visitar el mismo hay que abonar otra pequeña cantidad de dinero, que creo recordar eran 10 Yuan, a sumarle al precio de la entrada, pero que en mi opinión merece la pena.

Para acceder a dicho conjunto, en un principio se pasa frente al muro de los 9 dragones, símbolo de la supremacía del emperador y uno de los tan solo 3 que se pueden encontrar en China. El segundo se puede ver también en Beijing, más concreto en el parque Beihai, y para ver el tercero habrá que viajar hasta Datong. Como curiosidad, el  mural presenta un azulejo diferente, que te retan a encontrar. ¿Lo veis? 😉

 

Una vez dentro, todo es similar a lo anteriormente visto, aunque quizá más acogedor debido a su tamaño. En los diferentes edificios, tienen montadas diversas exposiciones, sobre todo de tesoros y regalos. El complejo incluso cuenta con sus propios jardines y un teatro para disfrute del emperador (por desgracia, nos tocó verlo rodeado de andamios).

En los alrededores hay otra de las construcciones que es seguramente la que más nos sorprendió. Dentro de uno de los numerosos patios se encuentra una construcción de un claro estilo occidental. El edificio construido en los últimos años de mandato de los emperadores y nunca llegó a terminarse, tenía la peculiaridad de tener casi la mitad de la misma dentro de un foso, el cual querían llenar de agua y peces para que fueran visibles desde las ventanas submarinas de las que dispondría el propio edificio.

Tras una jornada apasionante y sofocante a partes iguales llegó la hora de partir hacia otro destino, el tren nos esperaba. Sabíamos que volveríamos, aunque ya sentíamos que no tendríamos tiempo para ver todo lo que queríamos ni tan bien como queríamos. Echamos a andar hacia la puerta que hacía horas nos había visto entrar, parándonos y girándonos para verla por última vez, sacando las últimas fotos. Un adiós a la Ciudad Prohibida y un hola a nuevas historias.

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